Lo que se incorpora al agua no es simplemente una sustancia física de la planta, sino su cualidad vibracional.
Por eso se habla de las Flores de Bach como una terapia vibracional: el principio no está puesto en aportar al organismo una sustancia química de la flor, sino en la cualidad energética que Bach atribuía a cada especie floral.
Esta idea se relaciona con una concepción vitalista de la salud.
El vitalismo parte de considerar que los seres vivos no son solamente materia. Existe una dimensión vital que participa de nuestro equilibrio y que se expresa también en nuestra manera de sentir, pensar y vivir.
Para el dr. Bach las flores poseían determinadas cualidades que podían utilizarse para acompañar estados emocionales y favorecer el restablecimiento del equilibrio de la persona. Por eso, el proceso de elaboración tiene como objetivo transferir al agua aquello que Bach consideraba la cualidad esencial de la flor.
En las preparaciones se utilizan dos métodos principales: el método solar y el método de ebullición. En ambos casos, las flores se ponen en contacto con agua y posteriormente se realiza la preparación correspondiente.
La flor utilizada durante la elaboración no permanece dentro del frasco como material vegetal. Lo que permanece en la preparación obtenida mediante el procedimiento floral es su cualidad o información energética.
Es acá donde aparece el concepto de terapia vibracional.
La palabra “vibracional” pertenece al lenguaje propio de las terapias energéticas y de la tradición floral. Desde esta perspectiva, no se busca explicar el efecto de una esencia únicamente mediante una molécula farmacológicamente activa, sino a partir de una cualidad energética que interactua con el estado de la persona.
Para comprender mejor esta mirada hay otro hombre fundamental: Samuel Hahnemann, creador de la homeopatía.
Bach era médico y conocía la obra de Hahnemann. Aunque las Flores de Bach no son homeopatía y Bach desarrolló un sistema propio, existen puntos de contacto entre ambas corrientes, especialmente en la importancia otorgada al individuo y a su estado general, en lugar de limitarse exclusivamente a la enfermedad diagnosticada.
Hahnemann había cuestionado la medicina de su época que muchas veces se concentraba en combatir los síntomas mediante procedimientos agresivos. En su propuesta homeopática introdujo una concepción diferente de la persona enferma y otorgó gran importancia a la totalidad de sus manifestaciones.
Bach tomó parte de ese espíritu y lo llevó hacia otro camino.
Su interés fue alejándose progresivamente de la enfermedad física y concentrándose en los estados emocionales y las características individuales. Su objetivo era encontrar remedios sencillos que pudieran acompañar a las personas sin necesidad de convertir cada estado emocional en una enfermedad.
En el sistema de Bach, esta perspectiva aparece vinculada a la idea de que existe una relación entre nuestra dimensión emocional, nuestra manera de vivir y nuestro bienestar general.
Por eso Bach no hablaba de las flores como sustancias destinadas a atacar una enfermedad determinada.
Su mirada era otra: acompañar a la persona para recuperar la armonía que considera propia de su naturaleza.
Esta diferencia es fundamental.
No existe, dentro del sistema original, una flor destinada a “curar” una enfermedad determinada. No se trata de establecer una correspondencia rígida entre diagnóstico y esencia.
Una misma emoción puede aparecer en personas diferentes y expresarse de maneras completamente distintas. Y una misma persona puede necesitar diferentes esencias en distintos momentos de su vida.
Esta es una de las razones por las que Bach insistía tanto en observar a la persona.
Quizás esta sea una de las partes más fascinantes de su sistema.
Bach comenzó siendo médico y terminó desarrollando una propuesta que buscaba simplificar radicalmente la relación entre la persona y el remedio. Pasó de preguntarse únicamente qué enfermedad tenía alguien a preguntarse cómo estaba viviendo esa persona su propia experiencia.
Y ahí se encuentra el corazón de su filosofía.
Las Flores de Bach no pretenden que dejemos de sentir. Tampoco buscan convertir cada emoción incómoda en algo que deba eliminarse.
La propuesta de Bach parte de otra posibilidad: observar aquello que estamos viviendo, reconocerlo y acompañar el proceso de volver a nuestro propio equilibrio.